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junio 03, 2019

La mejor edad para casarse

La primera Mitsvá mencionada en la Torá es Piryia veRibyia, el mandamiento (y la primera bendición de HaShem al hombre) de casarse y traer hijos a este mundo

Hace dos mil años atrás, en Pirqe Abot, los rabinos dijeron que un joven judío debe procurar casarse cuando tiene 18 años de edad. Dijeron que haShem «lo observa y lo espera desde los 18 hasta los 20 para verlo casarse». Sin embargo, los rabinos mismos explicaron que si el joven está dedicado a sus estudios y piensa que una vez casado tenga que abandonar sus estudios (itbabtel min haTorá) puede posponer su casamiento por unos años (Shuljan Aruj, Eben Haezer 1:3). Algunos rabinos sugieren que el matrimonio no debería posponerse, incluso en esas circunstancias, más allá de los 24 años de edad.

Es evidente que, de acuerdo con nuestros Sabios, es preferible casarse lo más joven posible. Pero ellos mismos reconocen que hay otros elementos, más allá de la edad, que deben tenerse en consideración antes de decidir casarse. Por ejemplo, la madurez de los jóvenes, lo cual es esencial para tener una vida feliz y un matrimonio exitoso (=Shalom Bait), y las posibilidades económicas para cubrir los gastos básicos de una familia. Maimónides escribe al respecto: «Las personas emocionalmente equilibradas (derej ba’ale hade’a ) primero procuran un medio de vida que les permita proveer su sustento; después encuentran un lugar para vivir y luego se casan. Pero aquellos individuos emocionalmente inmaduros (tipeshim), primero se casan, luego buscan un lugar para vivir, y luego procuran un medio de vida … «(De’ot 5:11).

De acuerdo a los rabinos, si bien existen numerosos factores que deben ser considerados antes de tomar la decision, un joven emocionalmente maduro que cuenta con los medios para vivir una vida digna, no debe posponer su casamiento innecesariamente.

¿Puede un hermano menor casarse antes que el mayor?

Normalmente, cada familia espera que la hija mayor o el hijo mayor se case primero. Hay dos fuentes judías que sustentan esta expectativa. Una de ellas es la alusión a esta antigua costumbre de las palabras de Labán a Ya’aqob, cuando Labán negó dar su hija menor, Rajel, en matrimonio antes que Lea. Laban le dijo a Ya’aqob: «En nuestro lugar, esto no se puede hacer, dar la hija más joven (en matrimonio) antes que la mayor» (Bereshit 29:26). La segunda y  más sólida fuente bíblica que sustenta esta costumbre es el caso de las cinco hijas de Tzelofjad, que de acuerdo a nuestros rabinos, se casaron según el orden de su edad.

Sin embargo, los rabinos ven en estas fuentes no una ley rígida sino más bien una cuestión de preferencia: es mejor que el hermano o la hermana mayor se casen primero, pero no mencionan la prohibición de que el hermano o la hermana menor se casen primero, si ya están en la edad de hacerlo.

El Rab Moshe Feinstein tiene una interpretación muy interesante de este Minhag. En su dictamen (IGM, EH’E 2: 1), dice que se debe dar la prioridad de casarse al hermano o la hermana mayor cuando ambos hermanos o hermanas están comprometidos. En esas circunstancias, la boda de la hermana o el hermano mayor debe tener lugar primero, necesariamente. Pero fuera de este caso, si el hermano más joven encuentra a su futura pareja en primer lugar, no debe postergar su casamiento.

En muchas comunidades existe la hermosa costumbre que en el caso que el hermano o la hermana menor se comprometen primero, pidan formalmente el permiso y la bendición de su hermano o hermana mayor antes de casarse (no olvidemos que respetar a los hermanos mayores es parte de la Mitsvá de Kibbud Ab va-Em). En este caso, se espera que los hermanos mayores den su consentimiento y su bendición de todo el corazón. 

Fuente:halaja.org





mayo 27, 2017

La humildad: el objetivo más importante de la vida de un judío

JAMETS PSICOLÓGICO

Además de la Mitsvá de comer Matsá, durante Pésaj está estrictamente prohibido comer o poseer cualquier alimento que sea o contenga Jamets. ¿Por qué? Más allá de las razones históricas bien conocidas –nuestra redención fue tan presurosa que no hubo tiempo que perder–  nuestros Rabinos vieron en el Jamets, el proceso de fermentación que eleva a la masa, una representación muy significativa. Los Jajamim compararon al Jamets con la soberbia y la vanidad; la masa que se infla sola, con el individuo que permite que su ego se expanda y se engrandezca. La soberbia y el Jamets son simple aire, una inflación ilusoria del yo.

Pero ¿por qué nos ponemos a pensar en arrogancia vs. humildad específicamente durante Pésaj?  Porque no todas las personas están expuesta al riesgo de convertirse en individuos arrogantes… Un esclavo judío en Egipto, por ejemplo, no podía darse el lujo de ser vanidoso. El riesgo del orgullo excesivo sólo es relevante para un hombre libre. Y en Pésaj, cuando conmemoramos nuestra libertad de la esclavitud física, tenemos en mente que como individuos libres, fácilmente podríamos caer en un tipo diferente de auto-esclavitud, una esclavitud mental: la adicción a los aspectos inflables de nuestro ego. Los riesgos del “Jamets psicológico”: la soberbia.

La sociedad moderna en sus incansables esfuerzos por convertirnos en consumidores leales, contribuye en gran medida a la alimentación de nuestro ego. Enseñándonos a ser más narcisistas, más egocéntricos y más hedonistas. Nos empuja a convencernos de que tenemos derecho a tener no sólo todo lo que necesitamos, sino también todo lo que queremos y todo lo que deseamos. Esta inmensa ambición, cuando se satisface, puede derivar fácilmente en arrogancia: sentir que SOY más que los demás,  porque TENGO más que los demás.

La Matsá, un pan plano, chato y sin pretensiones, representa la humildad. La humildad no significa degradarnos. Ser humilde significa asumir la verdadera dimensión de la vida humana, tomando conciencia de nuestra ineludible mortalidad, y reconociendo que dependemos totalmente de HaShem..

La humildad es también la esencia de la autoestima. Quererse, y fundamentalmente aceptarse, es un pre requisito para estar en paz con uno mismo. El individuo arrogante es inseguro. Necesita el halago público y el permanente aplauso de los demás. Busca la aprobación del otro,  a veces desesperadamente, con el fin de compensar la no-aceptación de sus propias fallas y errores. Sólo el humilde, la persona que no necesita buscar el aplauso de los que están a su alrededor para sentirse mejor, es verdaderamente libre, independiente. El hombre humilde es capaz de admitir sus desaciertos, cambiar y mejorarse constantemente a sí mismo. La persona arrogante, por otro lado, es psicológicamente incapaz de admitir errores y por lo tanto, incapaz de cambio. Y al no poder corregirse, termina adaptándose (=esclavizándose) a sus propios defectos. La arrogancia es un Faraón tirano que condena nuestra personalidad al estancamiento.

Mientras que la persona humilde sabe y sostiene que todo ser humano merece dignidad y respeto y tiene el derecho a ser escuchado y comprendido, el individuo arrogante se convierte en un sirviente de su propio ego inflado. La arrogancia es una capa de aluminio detrás de un cristal que sólo nos deja ver nuestra propia imagen.

Nuestros Jajamim explican que la arrogancia, este Jamets mental, es la principal barrera entre el hombre y su prójimo. Y también entre el hombre y HaShem. La persona arrogante no concibe “servir a Dios”, pretende más bien “usar” a Dios para su propio beneficio.

Nuestros Jajamim explican que desde la perspectiva del hombre soberbio, “no hay lugar en este mundo para él y para Dios”. ¿Qué significa esto? Que si la realidad de la existencia fuera un circulo, alguien (o Alguien) tiene que estar en el centro. Y en el centro, no hay lugar para dos. El arrogante se sitúa en el centro y desplaza a Dios a la periferia. En esa relación, él no sirve a Dios,  sino que trata de servirse de Él.

El objetivo más importante de la vida de un Yehudí es alcanzar este nivel de humildad: reconocer que HaShem está en el centro. Y asumir que yo, el hombre, estoy aquí por Él y para Él. Y ésta es una misión imposible para el individuo soberbio.

Pésaj es una intensa lección de humildad. De la misma manera que eliminamos cada migaja de Jamets de nuestros hogares, debemos borrar todo rastro de vanidad de nuestros corazones.

Fuente: Halaja.org