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julio 18, 2017

Tenía 8 años y sobrevivió al Holocausto escondiéndose en un ropero durante un año

 Se escapaba para ver los trenes partir porque sentía que no podía ser ajena al dolor de aquellos que viajaban apilados rumbo a los campos de concentración.

Charlotte de Grünberg era una niña belga de tan solo 8 años y no podía jugar, ir a las plazas o correr por las calles. Tampoco podía ir al colegio, aprender, leer o dibujar. No podía. La historia no la dejaba. Tenía 8 años pero no tenía muñecas, juguetes, ni siquiera, amigos. Cuando el nazismo conquistó Europa, arrasó con todo y le quitó hasta la identidad.

“A los quince minutos de haberse producido la ruptura o la partida de un lugar por obligación, uno deja de ser quien es sin lograr llegar a ser otra persona, porque en el transcurso queda uno en nada: la persona se transforma en una no persona”, cuenta -aún en medio del dolor- Charlotte a LA NACION.

No se olvida. Es imposible, para ella, olvidar esa odisea que la sumergió en un eterno juego de las escondidas en las que el costo de perder era el desprecio, la tortura y la muerte. “Decidí que nunca más iba a permitir que me humillaran de ninguna forma, ni si quiera huyendo”, sostiene.

Se define a sí misma como “un pequeño pedacito de una historia que duró más de 12 años” entre persecuciones y la destrucción sistemática de la persona judía. “Soy una víctima que habla 70 años después”, dice y se toma unos minutos para explicar que aún le cuesta definirse como víctima y que, de alguna manera, carga con culpa por haber sobrevivido. “Dentro de los que no hablamos hasta estas edades avanzadas, todos tenemos la sensación de que no somos merecedores de toda la atención de la gente que sobrevivió a Auschwitz, por ejemplo, porque es el descenso al infierno total, no se puede imaginar algo peor”.

Ella cree que su dolor hoy está en las lágrimas o el sufrimiento de aquellos niños que están sumergidos en alguna guerra y eso la despierta a contar sus propias vivencias: “Hay niños refugiados que están muriéndose en todo el mundo sin haber recuperado nunca la posibilidad de una vida. Eso da para pensar, salirse de lo que es uno, su propio dolor y su mochila. Las circunstancias actuales invitan a que uno no se olvide de que el otro existe”.

En el camino, Charlotte y su familia se despojaron de todo. Ella, por un problema de bizquera, solía llevar el ojo derecho tapado con un parche pero tuvo que dejarlo para no llamar la atención el día en que escapó de su casa ante la convocatoria a su padre a ir a los campos de trabajo forzado, esos “de los que no se regresa”.

“Cuando mi padre dijo: ‘Nos vamos mañana’, no sabíamos qué nos esperaba y nos esperaba que no existíamos más. habíamos desaparecido”, explica la belga que también dejó atrás a su muñeca favorita, Katiushka, sus sueños de la infancia y su apellido: se convirtió -de repente- en la hija menor de los “Wings”, una niña con un futuro incierto y con sensaciones que hasta entonces desconocía, como el hambre. Lo único que le daba esperanza era aquella promesa que les hizo su papá antes de que se inicie la huida: “No van a dividir a nuestra familia”. Y así fue. “Gracias a él estamos vivos”, sostiene.

Hoy su lucha se volvió novela y transita las páginas de La niña que miraba los trenes partir (Aguilar), el libro de Ruperto Long basado en su historia, que acaba de editarse.

El repiqueteo de los soldados

“Las pesadillas fueron prácticamente mis visitantes diarios: nocturnos o diurnos porque no podíamos distinguir el día de la noche ya que en los lugares donde estábamos no había ventanas… no hubo un día que no oyera el repiqueteo de los zapatos de los soldados”, recuerda Charlotte. Ese sonido significaba que estaban cerca y que se avecinaba una redada. Junto a su familia fueron viajando de un lado a otro pero, independientemente del lugar donde estuvieran, el repiqueteo significaba lo mismo. 

El terror de la tortura era universal.

Se informaban en los cafés sobre cómo iba la guerra y cuál era la ciudad más conveniente a la cual ir. Así, durmió -junto a su hermano Raymond- durante un año en una pequeña habitación escondida en un ropero dentro de una casa en la que vivía junto a otras familias. Salía de su escondite lo menos posible porque estaba inmersa en una sociedad de la desconfianza. Cualquiera los podía entregar.

Eso les sucedió en medio de un traslado. Junto a otras familias, les habían pagado a unos hombres para que los llevaran a Suiza y gestionaran su ingreso al país, pero los dejaron antes de cruzar la frontera. Por ser franco-parlantes, los refugiados decidieron que Charlotte y Raymond fueran los primeros en cruzar y checaran si era seguro el paso fronterizo. Una vez allí, los dos hermanos descubrieron la peor verdad: los habían traicionado y se encontraban solos en medio de la “zona roja”, un terreno bajo riguroso control alemán. Esa noche, se sintió adulta por primera vez.

“La traición es posiblemente lo que más desprecio… es imposible pensar que alguien pueda delatar a otra persona sabiendo cuál es el precio”, cuestiona y todavía se siente en su voz un dejo de enojo. Y agrega: “Para el judaísmo, la figura del delator es tal vez la peor escoria de la humanidad”.

“En ese momento nos salvó un cura de campaña que arriesgaba su vida y nos hizo darnos cuenta de que había otro tipo de gente, de que no eran todos colaboracionistas”, relata y se lamenta por no recordar su nombre.

El nombre que sí recuerda es el de Aline, su única amiga en medio de la guerra. La conoció en uno de los refugios: “Fue el único cuarto de hora en que tuve a alguien de mi edad con quien intercambiar ideas porque no teníamos libros ni juguetes, así que hablábamos bajito -cuando podíamos- y nos inventábamos un mundo… yo lo pude hacer y ella no”. Aline murió en medio de una redada y Charlotte escuchó todo desde otra habitación. “Pararon, nadie sabe por qué, en el piso anterior al nuestro”.

Un universo entre las vías del tren

Ella y Raymond a veces tenían que salir a comprar la comida para la familia y, en una de esas salidas, esta adulta de menos de 10 años descubrió una pasión terrorífica: los trenes.

En medio de la angustia por el recuerdo, Charlotte cuenta: “Me gustaba sentarme a ver los trenes pasar, al principio soñando que me iba de donde estaba… hasta que un día ví brazos saliendo, gritos y hasta llegué a ver a un hombre joven que se logró tirar de un tren a toda velocidad… A los ocho años uno entiende mucho, teníamos claro que la muerte podía ser el final”.

Sigue su relato. “Entendí que esta gente no podía tener un indiferente más mirando lo que estaba pasado”, dice y agrega: “Me di cuenta de que ya lo habían perdido todo y solo les quedaba un poco de esperanza de la mirada interesada y dolorida de alguien que veía eso que estaba pasando. Sentía que era indispensable que yo lo viera, entre otras cosas, para atestiguar en su momento y, por eso, lo hice al final de la guerra”. Hoy, Charlotte ya no toma trenes.
 
La niña que miraba los trenes partir

Ruperto Long es el autor del libro La niña que miraba los trenes partir, que presenta el testimonio de Charlotte como el corazón de la historia. “La persecución deliberada de los niños y su exterminio era una parte de la guerra porque implicaba el final de una determinada raza”, explica el autor a LA NACION.

“Hay detalles que ningún novelista puede imaginar, como cuando ella cuenta que la mamá le repetía: ‘Tú no tienes que odiar’, o el hecho de que hacían juguetes con los volantes que tiraban los alemanes para exhortar a la gente a denunciar a los judíos escondidos”, destaca Long, quien se dice un convencido de que la realidad supera a la ficción.

Él conoció a Charlotte en Uruguay, donde ambos viven, pero desconocía su dolor dado que esta belga prefería no contar su pasado por pudor a los que murieron. Su marido uruguayo, José, y sus hijos tampoco sabían qué era eso que se escondía detrás de su mirada. Recién pudieron conocer sus vivencias una vez que leyeron el libro.

Ella vuelve a tomar la palabra en esta charla para aclarar que elegía expresar lo que no podía decir en palabras a través del jazz y la pintura. Y agrega: “Decidí no contarlo porque, cuando sobrevives, para sobrepasar estos dolores que te destruyen y machacan te transformas en hierro y eso es lo que, a veces, tienes que combatir”.

Fuente:lanacion.com.ar
abril 07, 2016

Prohíben a un predicador evangelizar en los trenes metropolitanos de Brasil

CPTM dijo que la prohibición de predicar en los trenes “no debe confundirse con los derechos garantizados en la Constitución”, “tampoco tenemos prejuicios hacia una religión en particular”, sino que “el Estado es laico dice la Constitución, nadie tiene derecho a imponer su fe a los demás,…”.

La predicación de religión en los vagones de la Compañía Paulista de Trenes Metropolitano (CPTM), ha causado muchas denuncias por los pasajeros. De enero a junio, el estado recibió 177 mensajes de teléfonos, de personas quejándose de las oraciones que hacen predicadores evangélicos.

Recientemente en lo que va del año 2010, 261 quejas se ha recibido, sin embargo, algunos pasajeros también se quejan de que existe poco espacio para los religiosos.

Agostinho Ferreira da Silva de 46 años, busca la posibilidad de convertir a los pasajeros, el aborda y predica en el tren 8-Safira Línea 12, que conecta al centro de la capital de Poa, en São Paul. “La mayoría de la gente quiere escuchar”, dice da Silva.

Conocido como el Hermano Guto, da Silva predica a diario en el tren que sale a las 19:30. Lo que hace él es orar y cantar himnos. “La situación ha mejorado en los últimos tiempos. Anteriormente, los guardias de seguridad nos trataban con dureza. Una vez uno me llegó a rasgar la camisa”.

Una asesora legal de Teresinha Neves, de 40 años de edad, ha predicado en los trenes de CPTM, sin embargo, los evangelistas de hoy se sienten intimidados por agentes de la CPTM.

“Si quieren, pueden ser crueles. Creo que esto es ilegítimo en el caso de un Estado democrático donde se tiene derecho a la libertad de religión, de culto”.

CPTM dijo que la prohibición de predicar en los trenes “no debe confundirse con los derechos garantizados en la Constitución”, “tampoco tenemos prejuicios hacia una religión en particular”, sino que “el Estado es laico dice la Constitución, nadie tiene derecho a imponer su fe a los demás, especialmente en ambientes cerrados, como los trenes”.

Una auxiliar de limpieza, llamada Dalva María de Jesús Pereira, de 49 años de edad, dijo que no está de acuerdo. “Hay mucha gente que necesita Palabra de Dios, aunque estas no van a la iglesia. El tren es un buen lugar para predicar lo que está en la Biblia”.

Fuente: noticiacristiana.com